LA PAPALIZACIÓN DE LA IGLESIA Por Juan Goti Ordeñana Catedrático jubilado de la Universidad de Valladolid
Esta casa de Dios, decid, hermano, Esta casa de Dios ¿Qué guarda dentro? Antonio Machado.
En cierta ocasión el director de la revista «América» preguntó al jesuita John W. O´Malley, profesor de la Universidad de Georgetown, y prestigioso historiador de la Iglesia: ¿Cuál había sido la nota con que definiría la Iglesia del segundo milenio, que acabamos de dejar atrás? No tuvo ninguna duda en responder que la papalización, esto es, que el segundo milenio se ha distinguido en la historia de la Iglesia por la elevación del papado. Desde el siglo XI hasta los últimos tiempos, se ha caracterizado la vida de la Iglesia por una centralización de todo en la figura del papa.
Este hecho es fácil de constatar, a pesar de que hubo momentos en los que los papas no respondían al espíritu del Evangelio, sino a intereses culturales, políticos, económicos y a honores, aspectos que facilitaron las vías de centralización del poder, a la vez que sirvieron de modelo para la estructuración centralizadora de los poderes en los Estados europeos.
En el primer milenio no fue significativa la función del papado. Hubo algunos de gran personalidad, como León I Magno y Gregorio I Magno, pero no marcaron líneas de preponderancia del papado. Mas al comienzo del II milenio, con motivo de la lucha de las Investiduras y la reforma de Iglesia, en tiempo del papa Gregorio VII, éste papa determinó, con las normas del Dictatus Papae, año 1075, la iniciaron de una atracción del poder hacia la figura del obispo de Roma. Línea que, consolidándose con la teología del concilio de Trento, llegó a su máxima afirmación en el concilio Vaticano I, con la declaración de la infalibilidad. Centralización que rige en la Iglesia de nuestros días.
Lo cierto es que, a raíz del concilio de Trento, se fue acentuando esta centralización, mientras los papas caminaban hacia una espiritualización del pontificado, llegando en los últimos tiempos a que fueran grandes personalidades, de gran espiritualidad y una excelente representación de la Iglesia.
La pérdida del poder temporal de los pontífices ha llevado a tener unos papas verdaderos dirigentes y maestros, con gran personalidad, a la vez que han proporcionado una rica enseñanza. Pero esta centralización ha llevado a minimizar las funciones propias de las comunidades de cristianos, que hoy día reciben sin ninguna crítica lo que viene de arriba, y carecen de toda iniciativa dentro de la Iglesia.
Y llega el momento de preguntar: ¿Ésta es la Iglesia? El papa Francisco, en su inicio, quiso dejar todos los demás títulos que arrastraba del papado, dados por la historia, y dijo que se le reconociera
sólo con el título de obispo de Roma. Esto parecía indicar que quería afirmar que la Iglesia es la Asamblea de Cristianos, y que a él le correspondía dirigir la comunidad de Roma. Luego los hechos le han demostrado que tiene tal cúmulo de asuntos, que le han hecho dedicarse a todo lo que se le presente en cúspide de la Iglesia.
Las Iglesias que fundaba san Pablo, eran comunidades cristianas, y así se desarrollaron en los primeros siglos. El presbítero u obispo, como de forma indiferente se llamaba a los que presidían las comunidades, ejercían una función de padres de la comunidad, ejercitaban tanto la administración como la acción pastoral en la comunidad. Cuando se crearon las diócesis, a principios del siglo V, se diversificaron las funciones: quedó el de la administración para el obispo, respondiendo a la etimología griega ? episcopeuo - observar, inspeccionar ? comprendiendo los territorios de la diócesis, y pasó la acción pastoral a los presbíteros ? presbiteroi ? ancianos - en cada una de las parroquias. Desde ese momento hay una estructuración de la Iglesia con poder en los órganos superiores, y se puede preguntar hasta qué punto: ¿los obispos han ejercido en la historia la función pastoral? No han llevado la acción con los fieles, pues una visita de vez en cuanto no es la acción pastoral, los que hacen esta labor son los presbíteros, que, además, sienten el peso del poder sobre ellos.
Leyendo a san Pablo y a los primeros padres de la Iglesia se ve que la Iglesia son las asambleas de los cristianos, sin ninguna estructura de poder. El presbítero-obispo era como el padre de la comunidad, de una sola comunidad, unido a ella como en un matrimonio espiritual, y comprometido, toda la vida, con una sola comunidad. Y la comunidad cristiana de cada lugar no era una parte de un conjunto administrativo mayor, cada una contenía en sí toda la realidad Iglesia. Por ello Ratzinger, siendo teólogo, decía que «las Iglesias no son centros administrativos de un organismo mayor, sino células vivas en cada una de las cuales se halla presente todo el misterio vital de la Iglesia, así cada una de las comunidades de cristianos tiene derecho a llamarse Iglesia». En consecuencia, podemos decir: la única Iglesia de Dios que existe, consta de comunidades de creyentes, y cada una de ellas representa la totalidad de la Iglesia. Y lo que llamamos Iglesia universal ¿es en realidad Iglesia? La estructura que ha creado la historia no es la Iglesia. La Iglesia son las Asambleas de cristianos de cada lugar.
La reforma de que tanto se habla, debe consistir en reconocer que Iglesia son cada una de las Asamblea de Cristianos en cualquier lugar del mundo en que se hallen, y darles funciones e iniciativas propias de las comunidades cristianas. La estructura que se ha creado en la historia está desdibujando la Iglesia como Asamblea de cristianos, a pesar de que se le da mucha publicidad.
El concilio Vaticano II marcó un momento utópico para muchos que esperaban la renovación de la Iglesia, porque anotó el rechazo del punto al que había llegado la Iglesia, y señaló una perspectiva de futuro. Como todo pensamiento utópico, presentó una denuncia de la situación existente y el anuncio de las líneas a seguir por el camino de la
renovación que había señalado el papa san Juan XXIII. Una tesis utópica, que, como escribe Paul Ricoeur, no tiene eficacia si no es «en la medida que transforma, paso a paso, la experiencia histórica». La utopía debe conducir a un comportamiento en pro de una nueva conciencia.
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